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CIUDADES II. EL DETERIORO DE LA SALUD Y LA VIOLENCIA FÍSICA.
El organismo humano es producto de la evolución natural; cuando se le coloca en un medio no natural sino artificial, mecánico, su deterioro se hace inevitable. las ciudades son lo antagónico a lo natural: ellas son producto del humano.

Autor: Ulises Casas Jerez [casasulises@hotmail.com].
Crítica Política Numero: 193.
Fecha: 01 de de 2010.

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Toda clase de estudios se han hecho sobre los problemas de la salud, tanto a nivel general del mundo moderno como en lo particular, en la población de las grandes ciudades. En éstas, la polución, la contaminación de su entorno, la densidad de su población, las condiciones materiales de vida de la población que no tiene acceso a los servicios públicos, a una vivienda digna, al trabajo, a la educación eficiente, etc., generan, todos esos factores, una gran diversidad de manifestaciones físicas y mentales de naturaleza enfermiza en sus pobladores.

Si bien es cierto que en la ciudad, el individuo obtiene algunas condiciones menos gravosas que en el campo, su salud tanto material como mental obtiene un deterioro que lo lleva a situaciones infrahumanas de existencia vital. Nos estamos refiriendo a los sectores más pobres de la población ya que quienes poseen medios suficientes de vida y trabajo no sufren de la misma forma en su salud. Sin embargo, quienes poseen riquezas significativas también reciben el impacto de las mismas en su salud material y mental. Los sectores sociales medios son los más afectados por psicomanías de toda clase, angustia existencial, depresiones, lo que en forma ya común se denomina stress y similares situaciones que les hace ingrato el vivir. La hipocondría es una manifestación generalizada en las poblaciones de esas grandes ciudades.

El gran propietario lleva una vida agitada debido a la exigencia de sus bienes productivos ya que éstos crecen si se administran bien o desaparecen si no son administrados en forma adecuada. La propiedad de medios productivos exige una administración eficiente o de lo contrario, la competencia de sus rivales los lleva a su desaparición. Las empresas que no son administradas en forma eficaz quiebran rápidamente; esto lleva a que sus propietarios tengan una vida agitada, de preocupación por la producción y su distribución en un mundo caótico en el cual se mueven fuerzas poderosas en competencia; los monopolios generan la desaparición de millones de medianas y pequeñas empresas, minuto a minuto; muchos propietarios de ellas se suicidan diariamente. Los propietarios se afanan, se preocupan por el estado de sus empresas ya que ellas son su sustento y el de sus herederos; pero hay un factor esencial en este proceso: la estructura productiva evoluciona por sí misma, al margen de su propietario. Se piensa, por la mayor parte de las gentes, que el dueño de una empresa es quien la lleva bien o mal; no. La empresa, una vez llegada a un determinado grado de desarrollo adquiere movimiento propio y el empresario tiene que adaptarse él mismo o ella se precipita a la ruina. La dialéctica consiste en que el individuo funda la empresa y aquí es sujeto activo de la misma; una vez ella adquiere una dimensión mayor, se convierte en una fuerza dinámica, independiente de su dueño, que exige de éste conductas determinadas por su propio crecimiento; el propietario pasa de ser sujeto a ser objeto de ella: él no es él sino su empresa. Se ha producido el fenómeno de la “alienación”: el individuo es lo que posee y lo que posee determina su conducta. La adecuación del organismo a esa nueva situación conlleva problemas de salud, principalmente en los órganos más sensibles como el estómago y el corazón; la tensión, generada por los negocios, produce situaciones psíquicas que se traducen en psicopatías, angustias, etc.; a esta fenomenología debemos agregar la materialidad misma de la estructura material y social de la gran ciudad.

En la gran ciudad tanto ricos como pobres participan de los efectos contaminantes arriba mencionados; ni unos ni otros pueden evitar respirar el mismo aire contaminado; entonces, el oxígeno que necesita el organismo llega disminuido como tal y con elementos dañinos; ese hecho genera lesiones en diversos órganos del cuerpo; esta fenomenología ha llevado a que pulule toda clase de curanderos y una publicidad de diversas sustancias supuestamente regeneradoras de la salud; los laboratorios farmacéuticos, las cadenas de droguerías, los médicos de diferentes especialidades se lucran de estas situaciones. Pero hay otros que sin ser médicos se presentan con recetas de todo orden ofreciendo yerbas, ungüentos, pócimas, tratamientos, rezos, etc., etc.; el humano de la ciudad sucumbe ante semejante universo de situaciones problemáticas para su existencia.

Toda esa fenomenología genera una situación de violencia física y mental: los medios de comunicación nos informan hora a hora, día a día, una sucesión ininterrumpida de incestos y violaciones sexuales de niñas y niños, asesinatos pasionales, sicariato permanente, agresiones físicas y psíquicas entre parejas e hijos. Es una situación de violencia mundial en las grandes ciudades; un ejemplo de ello es la criminalidad desatada por el narcotráfico. Aquí, en nuestro país lo sufrimos de hace décadas y ahora se extiende a México en donde deja decenas de muertos diariamente; son muertes llevadas a cabo en forma cruel y macabra y entre una población de bajo grado cultural, como aquí. En París se acaba de descubrir que una madre mató a 8 hijos recién nacidos. No hay persona que no esté expuesta, incluso casualmente, a esa violencia. El robo, el atraco en los vehículos de transporte público, en cualquier establecimiento público, en cualquier calle, es el diario existir de las grandes ciudades.

En el universo social de nuestro planeta, se avizora el final de un proceso y el inicio de otros. Nuestra función es encontrarle sentido a la vida en medio de este caos; nosotros hemos comenzado ese camino en las estructuras colectivistas del vivir.

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